El Camino más difícil: lo que los directores de RRHH no quieren saber sobre la crisis

Autor: Vicente Garnero

Aún no lo hemos entendido y, el día que lo entendamos, seguramente lo negaremos durante algún tiempo hasta que agotemos las clásicas fases de ira, frustración, resignación y aceptación. Es mejor decirlo sin rodeos: los que estamos aquí no vamos a volver nunca al punto de partida que disfrutábamos antes de la cansina crisis.

I. Un despiste imperdonable

Desgraciadamente, esa no es la peor noticia. Debemos asumir cuanto antes que, lo que nos espera, no es un ejercicio de recuperación y reconquista, sino un complicado proceso de reconversión emocional, educativa, social, política, económica y empresarial sin parangón en la historia reciente de nuestro país. Nuestra generación dejará de hablar de la crisis cuando sea por fin consciente de que éste es el “nuevo orden” y que ha venido para quedarse.

A partir de ahí habrá que hacer un esfuerzo aún mayor del realizado hasta ese momento, ya que habremos perdido un tiempo de cambio precioso entre la desinformada incredulidad del “ya vendrán tiempos mejores”, el infantil optimismo cooperativo de “entre todos saldremos de esta” y el infructuoso desahogo de culpar siempre a otros con aquello de que “los políticos mienten y, además, no saben cómo resolver el problema”.

Se abrirá entonces un proceso adaptativo  en el que nos moveremos entre la perplejidad y la abnegación para intentar conservar lo que tengamos de bueno (que lo habrá), evitar que lo malo vaya a peor y sentar las bases para que, los que vengan detrás, cuenten con unos pilares  más sólidos que les permita vivir mejor de lo que vamos a vivir nosotros en los próximos años.

Y ahora os estaréis preguntando, ¿no será éste otro de esos panfletos agoreros, tipo pesimista- indignado-15M, que capta lectores mediante el alarmismo barato? Pues vosotros veréis, de momento ahí van unas realidades que no sé si son alarmantes o si son baratas, lo que sí sé es que son ciertas y que, si no admitimos que los responsables de que estén aquí somos todos, insisto, todos, y que hay que empezar a vivir y trabajar de forma muy diferente a como lo hemos hecho hasta ahora, la factura nos va salir muy cara. Y a nuestros hijos más.

 

Nuestro recorrido:

II. Los terremotos comienzan bajo tierra

III. El traje del emperador

IV. La sinfonía del iluso

V. Magia Potagia

VI. Una medalla de hojalata

VII. “Estamos en derrota, pero nunca en doma..”

II. Los terremotos comienzan bajo tierra

Es verdad que uno de los grandes problemas de España en este momento, como el de muchos otros países, es su enorme endeudamiento, fruto de una desmesurada demanda surgida como respuesta a la ingente oferta de productos y servicios en múltiples ámbitos que ha sido absorbida con la varita mágica del crédito y nos ha permitido durante un tiempo vivir, como ya sabemos todos, por “encima de nuestras posibilidades” (así se ha generado la famosa burbuja inmobiliaria).
Pero para clarificar la situación os diré que lo grave no es que la deuda total sea de más del 400% del PIB (Producto Interior Bruto), es decir, que necesitemos la producción nacional completa de 4 años para devolver lo que debemos, lo más serio es que la mayor parte de dicho endeudamiento, a diferencia de lo que pensamos, no lo tiene la Administración Central y las Comunidades Autónomas (aunque el de estas últimas dañe seriamente la escasa credibilidad que ofrecemos al exterior). La parte principal de la deuda la tenemos el sector privado, es decir, los particulares, las familias, las empresa, las entidades financieras,… en total más del 300% de PIB (aunque la de las Administraciones Públicas supera el 75% y sigue aumentando) quienes en una ilusa espiral de consumo y crecimiento hemos olvidado que los recursos son limitados y que hay que trabajar duro para generarlos y tener madurez para administrarlos.  En cualquier caso, ni unos ni otros estamos en una posición favorable para responder a nuestros compromisos de devolución, más bien lo contrario.

En concreto, y con respecto a la Deuda Pública, por muchos recortes que hagan las Administraciones Central y Autonómica (que aún están a mitad de camino) y muchas subidas de Impuestos (a las que les queda recorrido) el equilibrio del Déficit y la devolución de lo prestado va a depender, en primera y última instancia, del crecimiento económico, pues sin los consiguientes incrementos de beneficios empresariales, empleo y rentas personales no habrá incentivo para el consumo, ni amortización de préstamos ni, por supuesto, generación de los ingresos fiscales necesarios para mantener las “deseadas” prestaciones sociales.

Supongo que sois consientes de que, mientras la economía no crezca, la fiscalidad actual (con la subida incluida del IVA e IRPF) y los recortes en sanidad, educación, etc. no dejan en las arcas públicas dinero suficiente ni para pagar los sueldos de los funcionarios a corto plazo, por lo que hay que acudir periódicamente a los famosos “mercados” para que nos presten los euros que transferimos al día siguiente a profesores, médicos, policías,..Ah y para devolver la deuda que va venciendo mensualmente. Por cierto, nos dejan ese dinero a un tipo de interés desorbitado no porque quieran ganar mucho, que también, sino porque corren  bastante riesgo de que no se lo devolvamos. Esto crea un problema añadido, y es que buena parte de dicha deuda está en manos extranjeras, que no van a admitir ni un día de retraso ni un céntimo de menos en la devolución, y que tendrán todo el derecho y el poder para decirnos cómo tenemos que respirar a partir de ahora. Ya lo está haciendo, como bien sabéis.

Dicho esto, vamos a lo gordo ¿Alguien se cree todavía que España va a generar en un futuro razonable el crecimiento económico que necesita para arreglar su situación y mantener el modelo de bienestar que nos habíamos inventado (sin base real alguna)? Para entenderlo, nuestro país está en este momento decreciendo, lo repito, decreciendo. Hace poco, el Fondo Monetario Internacional (FMI), quien tenía unas previsiones sobre España “más favorables” que la mayoría de los analistas, ha corregido a la baja nuestros números: el PIB caerá este año un 1,7% y en el 2013 bajará otro 1,9%. A partir de ahí, empezará a crecer (y os avanzo unas de las previsiones más optimistas): 0,9% en el 2014, 1,6% en el 2015 y 1,7% en el 2016 y 2017.

Y ahora diréis ¡fantástico!…esto significa que la crisis termina en el 2014 con el crecimiento del PIB. Pues lo siento pero no, y por una escalofriante razón: España nunca ha generado empleo neto (personas que consiguen trabajo en un año menos las que lo pierden) con crecimientos de su PIB por debajo del 2%-3% y difícilmente alcanzaremos esa cifra antes del 2020. Es decir, que la economía empezará a crecer muy despacio (al menos en los próximos 5 años), pero también lo hará el paro, con toda seguridad.

Y preguntaréis, entonces ¿la sufrida Reforma Laboral? Amigos míos, no hace falta ser un experto para empezar a darse cuenta de que dicha Reforma está cumpliendo la única finalidad que puede cumplir, reducir y flexibilizar los costes laborales, pero no va a servir para incentivar la contratación, al menos no en la medida precisa. Y que conste que la reducción y flexibilidad de dichos costes es absolutamente necesaria. Sin duda, la durísima modificación de nuestro ordenamiento laboral facilitará la creación de empleo dentro de 5-10 años, cuando las cosas empiecen a mejorar, pero en absoluto a corto plazo.

Si ya tenéis suficiente podéis dejarlo aquí, pero lo más real y difícil de digerir aún no está dicho, y creo que deberíamos conocerlo todos, aunque sea para que no sigamos con el cuento de que “nos han tenido engañado”

III.    El traje del emperador

De nuevo, lo diremos sin rodeos. La fuerza competitiva para generar valor y crecimiento económico de nuestros profesionales y de nuestras empresas no tiene, en estos momentos, la potencia suficiente para sacarnos de aquí. Lo siento, puede sonar pesimista, ofensivo o políticamente incorrecto, pero es la verdad. Y esto no se debe a que no apliquemos las tan cacareadas medidas de crecimiento y solo tengamos políticas públicas de recorte del gasto e incremento de impuestos. Si alguien cree que son los políticos los que nos van a sacar de la crisis con sus “medidas de crecimiento” es que no se ha enterado de nada. Podrán ayudar, pero no depende sólo de ellos y, además, el día que descubramos lo que éstas significan seguramente no querremos aplicarlas. Luego entenderéis por qué.

La realidad es que, aunque “hayamos” ganado la Eurocopa y el Mundial y todos tengamos referencias de organizaciones y profesionales excelentes, para vivir como queremos vivir no nos queda más remedio que hacer más y mejor. Hay que modificar considerablemente al alza el resultado que obtenemos hoy en día con nuestro trabajo, tanto en cantidad como en calidad.
Y no es que lo hagamos tan mal como se nos está diciendo. Es verdad que la producción por hora trabajada en España está por debajo de la media de la Unión Europea, o que necesitamos más horas que otros para conseguir lo mismo, pero aún así estamos algo por encima del Reino Unido e Italia y muy por encima de Portugal y Grecia.

El problema es muy sencillo, en España pretendemos vivir igual o mejor que los que nos superan claramente en los índices de competitividad. En otras palabras, tenemos un nivel de vida y prestaciones sociales que no podemos pagar con la riqueza que generamos, por eso vivimos “de prestado”, tanto el sector público como el privado, todos.

Esta circunstancia hace que cada euro invertido en España en capital productivo (maquinaria, por ejemplo), capital improductivo (inmuebles) o en factor trabajo (empleo) obtiene hoy en día menos rentabilidad que en otras economías de nuestro entorno, porque produce menos valor que otros por cada hora de dedicación (Alemania, Francia, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Austria, Suecia, Noruega, Finlandia,…y una larga lista nos supera) y porque no tenemos los ingresos suficientes para consumir los resultados de dicha inversión, con la consiguiente  adicción al recurso crediticio que no hace sino incidir en un círculo vicioso sin solución.

Los costes laborales de nuestro país resultan, en consecuencia, altos en comparación con lo que obtenemos como resultado de dicha inversión, aunque ganemos menos de lo que ganan los empleados de muchos países de la Unión. Y no solo son altos (comparativamente), sino también rígidos (no se han podido modificar, hasta ahora), por eso suben los precios en España, porque aquí la única forma de generar más beneficios, no es producir más y mejor a menor coste (en fin, lo de la eficacia y la eficiencia), sino aumentar los precios. Esa es la razón por la que hemos tenido tradicionalmente tasas de inflación mayores que en el resto de Europa.

Ahora la cuestión es ¿podemos ser más competitivos para alcanzar el nivel de vida y bienestar global que hemos mantenido hasta la fecha? Pues difícilmente… y os diré por qué.

IV. La sinfonía del iluso

Primero os daré una razón subjetiva y, por tanto, discutible. Yo creo que nuestro modelo educativo (académico, social y familiar) no fomenta la actitud emprendedora ni el espíritu de superación, sacrificio, mejora continua, excelencia y unidad de esfuerzo que sería necesario para sostener el status de vida al que aspiramos (será por lo del clima, el carácter latino,…). Y en esto no hay más que  mirar la  propia realidad, la de nuestro lugar de trabajo e incluso la de nuestra propia casa para descubrir numerosos ejemplos. España no está entre los 25 mejores sistemas educativos del mundo, por calidad formativa y nivel medio de conocimientos de los estudiantes, en ninguno de los rankings actuales que son referencia en la materia.

Y ahora os daré otro argumento, éste más objetivo y preocupante ¿Sabéis cuales han sido tres de los más importantes motores de nuestro crecimiento económico en los últimos años (más del 30% del PIB)? Efectivamente, la Construcción, el Turismo y la Hostelería ¿No os resulta inquietante? El primero está completamente agotado, el segundo es lo único que exportamos de forma competitiva y sustancial, pero siempre a remolque de la situación económica (nadie gasta o invierte más en ocio para mejorar su economía) y el tercero es un subsector, como muchos otros servicios de nuestra estructura empresarial, que no aportan valor competitivo alguno para el crecimiento real (como lo hace la industria de bienes de equipo, por ejemplo). Lo preocupante está en que estos bueyes ya no sirven para tirar del carro y, de los bueyes que nos quedan (resto de los sectores), muchos son demasiado pequeños o están débiles o presentan cojeras y malformaciones.

Además, no creo que sea necesario que hurgue en la herida recordando la dolorosa realidad que estamos experimentando al ver cómo el factor crédito se complica. Las condiciones para prestarnos dinero se están “endureciendo” considerablemente (y seguirán así) hasta llegar a moverse entre la exclusividad y la imposibilidad. Y sin crédito difícilmente va a salir adelante un país que tampoco ha mostrado nunca una vocación ahorradora.

En consecuencia, habrá que dedicar mucho tiempo y esfuerzo a madurar, fortalecer y curar nuestra fuerza de tiro. Entre tanto, el precio que estamos pagando por esta original y exótica apuesta  de los últimos tiempos lo conocemos todos: una juventud a la deriva, una vocación innovadora, tecnológica y científica casi inexistente, una inversión productiva limitada y siempre de corto plazo para generar un producto interior de escaso valor porque no potencia el crecimiento de otros sectores y, finalmente, una mano de obra intensiva, temporal, estacional y poco cualificada que seguirá engrosando las listas del paro y que no va a encontrar oportunidades de empleo en este país en muchos años (tengan subsidio o no lo tengan). Buenas noticias para el río revuelto de la emigración y la economía sumergida.

Y diréis,…pero bueno, no todo serán malas noticias, algo bueno estará ocurriendo ¿no?,…Sí, claro, nuestra balanza comercial (lo que exportamos menos lo que importamos) ha reducido su déficit en lo que va de año un 22,5% gracias a un aumento de las exportaciones de un 3,4%. Por desgracia, en estos momentos toda buena noticia tiene su lado oscuro. Nuestro saldo comercial es deficitario porque importamos la mayor parte de la energía que consumimos (petróleo, gas, carbón y electricidad, por este orden) y esto no va a cambiar, más bien al contrario, necesitaremos importar todavía más si queremos potenciar el crecimiento económico y difícilmente vamos a compensarlo con más incrementos de exportaciones, sobre todo porque lo hacemos fundamentalmente a la Unión Europea (65%) y, dentro de ésta, a Francia. Ninguna de las dos está cómo para aumentar sustancialmente sus compras a nuestro país, especialmente nuestro vecino galo que está a punto de anunciar oficialmente su entrada en recesión (extraoficialmente ya lo está desde hace tiempo) y se va a ir destapando como el problema económico más serio de la Unión en los dos próximos años (lo de España e Italia va a resultar pequeño a su lado).

Con este panorama, el que un día, o varios, suba la bolsa o baje la prima de riesgo es irrelevante. España ya está rescatada desde hace tiempo y lo seguirá estando, por eso da igual que solicite o no formalmente ayuda al Fondo de Estabilidad Europeo o que los partidos políticos se unan o no en la búsqueda de soluciones o se preocupen solo por perpetuarse en el poder (el que lo tenga) o por alcanzarlo (el que no). Al fin y al cabo tratan de conservar su empleo, como cada uno de nosotros. Da igual lo que hagan porque ninguno de ellos va tener las riendas del país en los próximos años. Aún no han entendido que la política es, esencialmente, economía y, por desgracia, de economía saben muy poco. Al final, el precio más alto que estamos pagando todos es una desorientación y un desaliento general del que no sabemos cómo salir.

V. Magia Potagia

Supongo que ahora querréis una respuesta ante la pregunta clave ¿Todo esto tiene solución? Pues sí la tiene, otra cosa es que queramos hacer los deberes para aprobar tan difícil asignatura. Lo digo porque, o mucho me equivoco, o las mencionadas políticas de crecimiento van a pasar, primero, por desenmascarar una ecuación que no ha funcionado nunca: vivir mejor haciendo menos.

Los que ahora constituimos la potencial fuerza laboral (personas entre 16 y 65 años) vamos a tener que hacer mucho más de lo que hacemos, con más eficacia y eficiencia, más colaboración (que incluye menos narcisismo y egocentrismo), más persecución de la corrupción y el fraude (seguimos en el pelotón de cabeza), más movilidad geográfica (nacional e internacional), más inversión formativa y productiva (en gran parte de nuestro propio bolsillo), más atención a los precios (con acuerdos en sectores críticos para fijar máximos, no mínimos, porque de lo contrario muchos seguirán subiendo (como la alimentación), más control del gasto público y privado (con eliminación de muchas prebendas actuales, desde el número de cazas de combate al de alcaldes y diputados), más exigencia de calidad, más actividad profesional orientada a resultados (incluyendo a los funcionarios, cuyo número tendrá que disminuir cuando se cambie la ley de la Función Pública, que se cambiará), más retribución asociada al mérito (y no a la antigüedad), más promoción de la empleabilidad flexible y el autoempleo, más cierres de empresas públicas y privadas improductivas y más apoyo a la creación y desarrollo de otras en sectores que aporten producto interior de valor, como la agricultura mecanizada competitiva (que está agonizando en España) o la industria basada en la tecnología y la innovación, en lugar de servicios que precisen de mano de obra intensiva y poco cualificada, como la hostelería.

España ocupa el lugar 138 en el ranking de países con “menos dificultades” para emprender un negocio,…vamos, que lo de ser empresario es mejor complicarlo no vaya a ser que la gente joven se entusiasme… y para quien siga pensando que no es rentable el sacrificio de invertir en tecnología le diré que la capitalización bursátil de la empresa Apple (valor que habría que pagar para comprar el 100% de la compañía) superó en agosto de 2012 el 50% del Producto Interior Bruto anual de España.

Los mencionados sacrificios habrá que hacerlos aunque se genere más paro, que se generará y se produzca la pérdida de calidad de vida de buena parte de la “clase media” y el aumento de la precariedad económica en numerosos segmentos de la población, que ocurrirá.

Por cierto, no creo que se incendien las calles ni se asalte el Congreso, como algunos temen. Sinceramente no lo creo, en España ya nos separan dos generaciones del hambre y, aunque sin duda aumentarán las manifestaciones, se incrementarán las cargas policiales (con la desgracia de nuevos “caídos en combate” por la falta de trabajo o los desahucios), habrá más pérdida de poder adquisitivo e incluso mayor indigencia social (sin descartar la propia ni la del vecino de enfrente), se producirán más salidas de España (especialmente de los jóvenes, en paralelo a la fuga de capitales), y resultará un lujo bastante caro divertirse, como en Inglaterra o en Suecia, o ¿por qué creéis que vienen aquí?, ¿sólo por el sol?… Afortunadamente de ahí a la revolución violenta hay un trecho que, seguramente, no cruzaremos.

VI. Una medalla de hojalata

Lo realmente duro es el hecho de que, a pesar del enorme esfuerzo que vamos a hacer, en general viviremos peor, con condiciones laborales y económicas más deficitarias, con menos prestaciones sociales (incluyendo la educación, la sanidad, el subsidio de desempleo y las pensiones, aunque aumentemos la edad de jubilación), con menor producción de bienes y servicios y más focalizados en la atención de necesidades esenciales y de soporte al crecimiento de la economía real. En otras palabras, vamos a consumir menos y más selectivamente porque va a haber menos que comprar y porque vamos a tener menos con qué comprar, menos ingresos y menos crédito. Este último estará a expensas de que el sistema financiero español resuelva sus profundos problemas estructurales (en esto sí que nos han engañado) y aproveche las necesarias ayudas que tendrá que ir recibiendo, primero para no quebrar y después para inyectar el capital monetario que precisa todo crecimiento económico, pero sin entusiasmos, lo hará con mucha cautela, a ritmo de medio y largo plazo y siempre dirigido desde fuera (no penséis que nos van dejar que gestionemos por nuestra cuenta los 100.000 millones de Euros que nos han prestado).

Los que nos hemos quedado sin segunda vivienda seguiremos sin ella, porque nuestro objetivo será conservar la primera. El móvil lo cambiaremos cada 5 años y el coche cada 10. Eso sí, el que quiera estar empleado tendrá que ser más humilde y esforzado y se moverá de trabajo y de residencia muchas más veces que ahora. Los jóvenes tardarán bastante más en alcanzar su soñado nivel de vida y consumo. Tendremos que invertir mucho más tiempo y dinero en mejorar, con carácter preventivo, nuestra empleabilidad y nuestra salud (ojo con esto último). Y os recuerdo que somos una de las culturas más reactivas de Europa, es decir, reaccionamos ante las circunstancias, pero no hacemos mucho a priori para que sean como queremos que sean.

No hay ningún dato que muestre una realidad diferente y, por favor, no sigamos “echando balones fuera” culpando a los “poderes ocultos” (todavía hay quien piensa que esto es solo responsabilidad de bancos y gobiernos y se debe a una conspiración internacional para enriquecerse y subyugar a las masas), ni apelemos a vagas esperanzas de cambio fruto de la desinformación (mientras intentamos seguir viviendo como siempre). Si lo que necesitamos es transparencia informativa, permitidme que os informe sobre un dato que puede ilustrarnos acerca de “quiénes somos”, “de dónde venimos” y “a dónde vamos”: en nuestro país, cada español invierte, por término medio, unas 20 veces más tiempo y dinero en la “ingesta de cerveza” que en “mejorar su nivel de idiomas” ¿alguna conclusión?

VII. “Estamos en derrota, pero nunca en doma…”

Quizás no hemos comprendido que operamos en un mercado global o, simplemente, no queremos enterarnos de lo que se está cociendo en el sudeste asiático; y a esos no les separa ninguna generación del hambre,…lo que daría para otro artículo no menos inquietante.

Aún así, aunque nuestro país es, hoy en día, incluso menos de lo que parece, también es cierto que ha demostrado a menudo poder ser mucho más de lo que es. Resulta obvio que cada uno, en su casa y en su vida, tendrá que cambiar unas cuantas cosas para adaptarse a los tiempos y apoyar el largo proceso de recuperación individual y global. Por ahora, y para terminar, permitidme que apele a la capacidad de reflexión de los que ya ocupáis, o aspiraríais a ocupar, puestos de liderazgo en las empresas para sugerir cinco ideas que, en mi opinión, deberían orientar la gestión de personas en el nuevo orden empresarial que se está creando.

  • Orientación del trabajo hacia logros planificados y tangibles en todos los puestos
  • Flexibilidad de la estructura organizativa y de las condiciones laborales
  • Perfil emprendedor del liderazgo para dirigir con mentalidad de “empresario”
  • Cultura de personalización de políticas con tratamiento diferencial del talento
  • Aprovechamiento máximo de Internet y de las nuevas tecnologías

Soy consciente de que cambiar el rumbo e impulsar estas iniciativas no será nada fácil, pero ya lo dice un viejo y sabio principio tibetano…”Cuándo puedas elegir entre dos caminos, elige siempre el más difícil, porque si eliges el fácil, el día en que no puedas elegir no estarás preparado”…

 


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