¿Se puede sobrevivir cinco días sin Iphone?

Autor: Maria Jose Larriu

Era miércoles y, desde hacía una semana, tenía problemas intermitentes con mi Iphone. Se quedaba sin servicio. Lo apagaba. Lo encendía. Metía la clave. Cruzaba los dedos. Y funcionaba. El sábado, harta, lo comenté al conocido tecnológico que todos tenemos, mientras nos peleábamos en el campo de golf por lanzar una bola recta, con distancia, contra el frío. Sonriente me dijo: basta con ir a  “ajustes…”. Me gusta la tecnología, pero no tanto, parecía convencido, opté por hacerle caso. Seguí sus instrucciones ansiosa. Nada más llegar a casa, y sin quitarme el frío, me metí en “ajustes…” Y no funcionaba.
El día anterior había leído que ya algunas empresas americanas dejaban sin respuesta los teléfonos, blackberrys, e Iphones fuera de las horas de trabajo. En algunos casos, como se hace en vacaciones, con previo-aviso de OUT OFFICE La noticia me había parecido sensata. Realmente somos esclavos de un aparatito al que dedicamos nuestro último segundo por la noche y nuestro primer segundo por la mañana. Muchos!. Peligroso.
Entonces, mientras esperaba que sonara el teléfono fijo de casa, como quien espera la noticia del resultado de las elecciones en los colegios, pensé que tenía tiempo. Tiempo de ocio que no me robarían, tiempo que no robaría a mis amigos mientras hacían cosas interesantes; tiempo porque no podría mirar el gran reloj de mi Iphone que me marcaba el paso diario; tiempo para consultar el correo de forma permanente y, a veces, ansiosa; tiempo para consultar las redes. Tenía vacaciones en febrero.
Domingo… Un domingo sin Iphone transcurre con horas de sesenta minutos. Puedes ir al cine sin preocuparte si lo has puesto o no en silencio. Momento siempre de tensión. Puedes dejar el bolso en su sitio, sin tener que volver a pensar en el maldito aparatito.

El lunes ya es otra cosa. Empieza a alterarte el ver tantas veces SIN SERVICIO donde aparece el logo de la compañía que no se hace publicidad. Empiezas a pensar las llamadas que has perdido, los mensajes que no has leído, los amigos virtuales que no has atendido, y, sobre todo, la acumulación que vas a tener cuando se solucione. Entonces, el amable Servicio al Cliente, ya casi a las diez de la noche, cuando ya te empiezas a tirar de los pelos, te dice que es una partida de tarjetas SIM que ha salido mal, que tienes que duplicarla.

Y estás a martes. Sigues incomunicada. Por obligación, y casi por devoción. Como si de una cura de humildad se tratara, aceptas el mundo sin Iphone, con el sueño cercano de despertar. De repente, te das cuenta de lo libre que eres. Caminas por la calle, sin preocupaciones, nadie puede perturbar tus sentidos. Has salido del trabajo, has cerrado la puerta, has puesto la alarma y, realmente, has echado el cerrojo hasta el día siguiente. Porque, además, no vale conectarse en casa, eso es trampa.

En el gran centro comercial se les ha caído el sistema, se lamentan, no pueden hacerte el duplicado. En otro corner tampoco. Uf, salvada por la campana, me puedo ir de compras tecnológicas, total no puedo recuperar llamadas, mensajes, ni gestionar nada. Al final de la tarde, en un ejemplo de responsabilidad, opto por volver a intentarlo. Y lo logro, me duplican la SIM. Pero como hay gente, no les pido que la instalen y prueben. Ya lo haré por la noche.

Ya ha oscurecido, y llega el momento de la verdad. Nueva SIM. Basta con seguir los pasos, incluir el PUK, el Pin, y esperar. Cruzo los dedos. FUNCIONA. No sé si me alegra o entristece.
En cierto modo, me ha gustado la vida no-digital. Me ha recordado que hubo un tiempo en el que sólo estabas cuando estabas y, estabas cuando querías, podías o debías.

La tecnología nos hace la vida más fácil, pero dudo que nos haga la vida más libre. Saben, sabemos, donde estamos en cada momento. Lastima: con lo bonito que era el misterio y la intriga del ¿dónde parará? ¿le encontraré a tiempo? ¿podremos quedar? ¿llegará a tiempo? ¿pondrá darme la cifra de ventas? ¿le encajará el presupuesto?, o simplemente ¿comemos hoy?


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